Entre las cosas simpáticas e hilarantes que me suceden todos los días, te quiero contar una que ocurrió esta mañana. Resulta que como parte de mi terapia anti-infarto (no se asusten, es algo preventivo), tengo que caminar todos los días entre 30 y 60 minutos, para lo cual me dirijo al paseo peatonal de Río Churubusco a eso de las seis de la mañana. A esa hora, es poca la gente que se ejercita, pero conforme aclara la mañana, más y más personas se suman a la sudoración colectiva. Hoy, casi al retirarme, pasé por cuarta vez al lado de un pequeño árbol que para fines prácticos se veía así: Dada mi enorme sagacidad, de inmediato detecté algo extraño: ocho minutos antes (puedo decirlo con tanta precisión porque camino cronómetro en mano), ese ficus no había dado los plátanos. También me intrigó que los diera de uno en uno, porque yo sé que los plátanos se dan en pencas (tengo dos referencias fidedignas: lo vi en Discovery Channel y en la Central de Abasto). Así que regresé tras mis presuros...