Hace unos días tuve oportunidad de ir a Coyoacán de noche. Hacía mucho tiempo que no visitaba ese maravilloso lugar, principalmente porque al hacerlo unos cuantos meses atrás, me encontré con una zona semidestruída, rodeada de malla de alambre, oscura y tenebrosa. En esa ocasión fui con mi hija a tomar un trago a la famosa "Guadalupana", que se encontraba deprimentemente vacía, tal vez porque para llegar había que atravesar heroicamente un oscuro parque con el adoquín levantado. Una vez que llegabas al lugar, los meseros mataban el aburrimiento unos jugando dominó, otros echando unos tremendos bostezos de campeonato. Motivados por tan alegre ambiente, nos apresuramos a beber nuestras copas y nos largamos de ahí tan pronto como pudimos. Así que, para mi reciente visita, no albergaba esperanzas de pasarla mejor. Grande fue mi sorpresa al encontrarme con un Coyoacán vibrante, iluminado, limpio, lleno de gente con un ambiente y espíritu festivo. Lo que más se nota, es la ausencia...