Senex speculum


Él miró con indiferencia el reflejo en el espejo. Muchos años antes había perdido el interés en el rostro que aparecía frente a él todas las mañanas. Porque después de observar cuidadosamente las arrugas, las enormes ojeras y la papada flácida, una mañana concluyó que ese rostro no era el suyo. No más. No era sí como se sentía. No era así como se recordaba. Él, que apenas ayer sonreía y disfrutaba las bromas con sus amigos de la universidad, que recordaba los viajes a la playa, las fiestas, las chicas hermosas que siempre lo rodeaban. Él añoró esos tiempos, cuyo recuerdo estaba fresco en su mente como si fueran huellas recientes en el fango. Huellas de tiempos felices, de energía y vitalidad. No como el rostro viejo, cansado, calvo y enfermizo que el espejo del baño le mostraba, asomándose tímida pero indefectiblemente desde la niebla de vapor. Fue cuando dejó de mirarlo. No volvería a preocuparse por ese rostro que el cristal le devolvía. Dejó de sentir que el viejo del espejo era él. Y volvieron los brios, la alegría y la energía. Entonces los años se quedaron encerrados, con el viejo del espejo. Y, sin importar lo que el viejo del espejo dijera, fue joven de nuevo.

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