Mutación evolutiva


Ella no lo sabía, pero llevaba en su interior los genes mutados que darían el mayor paso evolutivo en la historia de la Humanidad. Unos cambios -¿aleatorios?- en ciertas secuencias de aminoácidos era lo único que se necesitaba. Y ella, solo ella, llevaba estos genes. Los llevaba en el corazón -¿núcleo?- de sus células: en su ADN. El potencial de la Humanidad. El nuevo salto evolutivo. El mayor desarrollo de la especie desde que el hombre era hombre. El futuro de la Especie. O tal vez, incluso, una Nueva Especie. Una Nueva Humanidad. La Nueva Humanidad se resumía en ella. Eso era ella. ¿Lo era? O más bien ¿era esclava de sus genes?. Todo lo que era, lo que hacía, su misma esencia, todo estaba dictado por sus genes. Ella era simplemente el vehículo para pasar esos genes de una generación a otra. Un puente en el tiempo. Un transporte desechable. Solo una maquinaria biológica sin más propósito que servir a los genes y a la mejora de la Especie. Era solamente la envoltura de la semilla de la Nueva Especie. Servir a la supervivencia de ellos, los genes mutados. Nada. Sin los genes, ella era nada. Ella no importaba. Importaba la Especie. La Nueva Especie. De cualquier manera a ellos, los genes mutados, no les importaba lo que sucediera con ella en tanto cumpliera su misión: reproducirlos, trasmitirlos, dispersarlos. Sería la nueva Eva de la Nueva Humanidad. Cualquier cosa que pudiera suceder después con ella no era importante. Una vez cumplida su misión, ellos programarían su destrucción: la carne se degradaría y perdería firmeza y elasticidad; los huesos se harían quebradizos y frágiles para preparar el derrumbe, la piel se arrugaría y quedaría dañada, pigmentada y flácida; el cabello perdería su color, su brillo y su abundancia. La luz desaparecería de su mirada. La falsa inteligencia -ellos eran los únicos inteligentes, los amos de la Nueva Humanidad- se perdería en la oscuridad de la demencia. Y luego la ignominia, el olvido, la putrefacción: las células fagocitadas por bacterias, protozooarios y organismos cada vez más grandes. Al final, al verdadero final, la vuelta a los elementos básicos: carbono, oxígeno, nitrógeno, hidrógeno, calcio... para entonces ser reciclados en una nueva maquinaria biológica a su servicio. Pero ellos, sus genes mutados, los amos de su vida y de la de todos, los verdaderos amos de la VIDA y los dueños de la Nueva Humanidad, prevalecerían. Fue entonces cuando entendieron que ella decidió no reproducirse. No reproducirlos. Lo supieron y no podrían hacer nada para evitarlo. Ella, sin saberlo, decidió que sus genes mutados no pasarían a las siguientes generaciones. No habría Nueva Eva ni Nueva Humanidad. Ella moriría, abortando la Nueva Humanidad y ellos, sus genes mutados, morirían en ella. Ellos lo sabían. Y lo mejor era que ella no lo sabía. Fue entonces cuando ella, simplemente, saltó del puente...

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