Leyendo el pasado

La semana pasada entré a una librería especializada en libros de segunda mano, o para decirlo más a tono con el entorno ecologista, libros reciclados.

Luego de pasear por sus estantes, pregunté a uno de los encargados y me llevó a una sección donde se encuentran los libros de Álvaro de Laiglesia. A este autor español le guardo un especial cariño, porque en mi pubertad leí varios libros de su autoría que mi madre compraba en el supermercado. La lectura de esos libros iba siempre acompañada de sonoras carcajadas del lector. A mi gusto, es uno de los mejores humoristas que dio la Madre Patria. Sus historias cortas eran maravillosas, cargadas de lecciones sin pretender ser obras educativas o aleccionadoras. Sin duda, este autor fue uno de los culpables de mi gusto por la lectura.

Cargado de recuerdos, compré un par de volúmenes, los cuales ya fueron leídos y esperan pacientemente para ser releídos. Uno de estos libros es precisamente alguno que leí cuando tenía 12 o 13 años, y honestamente me ha parecido más divertido ahora.

Los libros de De Laiglesia me traen frescos y abundantes recuerdos de la vida familiar, agradables todos. Recuerdos de esos años en que recién se está dejando de ser niño para incursionar en las aguas de la adolescencia, que desembocarán irremediablemente en las complejidades de la adultez. Volver a leer esas alegres historias me ha vuelto, momentáneamente, a esos días cargados de sonrisas, convivencia fraterna, amigos infantiles. He vuelto a escuchar las carcajadas de mi madre, y la risa de mi padre.

Comentando mi hallazgo con mi hermana mayor, resulta que a ella también le traen agradables recuerdos. Al grado que ya me hizo un encargo de libros…

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