Segunda Edición
Me encantó este cuento de Samuel Ros. A ver que les parece:
Segunda edición
Todos los días le esperaba ella junto a la primera acacia del paseo. Aquella tan estirada y reglamentaria, que era como el sargento en la formación de las acacias.
Este día bajo un cielo apelotonado de nubes que daba, como nunca, la sensación de que el firmamento estaba sin terminar, como si las nubes fuesen materia para hacer cosas olvidadas, algo así como los sobrantes de la confección del mundo. Pastelina para nuevos paisajes y nuevas estructuras.
Desde hacía tiempo venía él retrasando la hora de la cita: las doce en punto, y las disculpas culminaron hoy en su sabor de disculpas con esta afirmación:
-Me molestan las doce en punto porque es la hora de una sola saeta, es una hora de eclipse, hora mutilada de reloj manco.
Pero ella sabía bien que la verdad era otra porque en los primeros tiempos del noviazgo le había dicho:
-En mi reloj, las doce en punto eres tú. ¿Quién se fija en las saetas cuando la hora es otra cosa?
El destino estaba, pues, amenazado de vuelco, aunque ella cada día reforzaba los flejes y el acolchado del carrito-cuna en que podría simbolizarse su amor... Pero hoy había llegado al límite de la tolerancia y quiso saber la verdad; por eso, ante la última acacia del paseo, la más sincera de la formación por menos vigilada, exigió:
-Hoy no nos separamos sin que me expliques tu conducta... Si te has cansado de mí, ¿por qué me soportas y continúas ligándote a mi presencia?... ¿Te pido yo, acaso, que me des amor, si ya estás desinflado de ese amor?
-No, no estoy desinflado de ese amor -protestó él-; te quiero como el primer día, ¿entiendes?... Pero...
Había surgido el pero, esa conjunción inevitable en los engarces de la conversación, la más peligrosa de todas porque obliga a la continuación, el pero, que es el tope que necesariamente agarra el otro tope de lo no dicho.
-Pero ¿qué?... Eso es lo que me interesa, eso es lo que te exijo.
-Pero... nada.
-¡Nada!..., ¡nada!... Todo puede ser nada menos el pero. ¡Habla!, ahora tienes que hablar porque te has delatado.
Fue inútil la resistencia. Él se debatía en retirada, procuraba atrincherarse en nuevas explicaciones de disculpa, buscó palabras iniciales para otra conversación, pero allí estaba el pero lanzado como un anzuelo que le había cogido y del cual no podía desprenderse como nadie puede escamotear la confesión cuando se ha lanzado la primera palabra que compromete. Hizo un último esfuerzo:
-Pero estoy preocupado por mis negocios.
-Eso es mentira, es mentira. No encajan esas ideas; tu pero correspondía a otra cosa; ¿no ves que en el collar de tus palabras están trastocadas esas cuentas?... ¿Cómo quieres que te crea cuando pones junto al grano de mayor trascendencia el grano más pequeño de lo insignificante?
Ahora él se sintió disparado hacia la verdad, una verdad recalentada en su pecho, que desbordaba en crueldades y que saltaba sobre todas las falsas disculpas explicando el pero fatídico hasta lo último:
-Pero quiero más a tu hermana... Estoy enamorado del mismo amor, pero con aumento... Tú me curaste la ceguera de "sin cariño" dejándome en miope, pero tu hermana son las gafas bien graduadas que necesito... ¿Me entiendes?
- No.
-Tu hermana es la segunda edición, corregida y aumentada; tu hermana eres tú misma, pero ha conseguido con mayor perfección el tipo de mujer que buscaba mi instinto... Tu hermana tiene tus mismos ojos, pero con dos reflejos y tres pestañas más; su pelo es un punto más negro que el tuyo; sus senos son más conos, su pie calza un número menos, su... ¿Me comprendes ahora?... ¿Crees tú que el lector puede comprar el libro de la primera edición cuando ya ha salido el de la segunda corregido y aumentado?... ¡Qué culpa tengo yo de todo esto!
-Está bien, quedas en libertad -suspiró ella, y después, con más brío-: nunca me han interesado los lectores de segunda edición .... falsos lectores que necesitan el placer en bloque..., los rezagados que buscan lo que otros desfloraron antes..., los que nunca descubren nada.
Después del arrebato él intentó justificarse:
-Perdóname, me has obligado a decir más de lo que siento; quisiera explicarte estas cosas en otra ocasión con más serenidad. Yo soy la primera víctima de esta anormalidad..., confío en que todo será un mal pensamiento pasajero... Tú ya sabes que yo soy lector de primera edición; ¿acaso necesito yo de alguien para leerte a ti?
-¡A mí!... Tú no me has leído nunca a mí; ¿es que en un libro todo es portada?
-Es verdad, no te he leído; pero te pedí el derecho de leerte.
-Y me leerás, aunque no quieras, porque ahora tengo yo empeño en que sepas.
-¿Cuándo?
-Hoy mismo... Espérame esta tarde en tu casa.
-Es una locura.
- ¡Y qué, si lo quiero yo así!
Lo quiso y fue verdad. Se presentó en casa de él en esa hora en que ya empiezan a estar en sazón las bombillas eléctricas, cuando él ya creía inútil la espera, cuando ya las inevitables flores testigo se habían hartado de agua.
Lo primero que hizo ella fue encender todas las luces de la sala, hasta las del segundo piso de la lámpara central, esas bombillas que sólo se encienden en las visitas de cumplido y que suelen romper sus filamentos en un suicidio por venganza. Él la contemplaba atónito, esperaba sus palabras, porque en el diálogo imaginado había comenzado por su respuesta a un: "Aquí me tienes..."
Después la vio desnudarse poco a poco sin un temblor en el desabrochamiento de los botones más rebeldes, sin errar ni uno solo de esos magníficos piojillos que cierran los sostenes por la espalda, sin una petición ni un sonrojo. ¿Qué significaba aquello?... Al fin dijo ella, completamente desnuda bajo la lámpara central, como si recibiese una ducha de luz que empaparía la alfombra.
- ¡Ahora puedes leer!
Pero él no se atrevía a tomar el libro; continuaba atónito contemplándola... Como todos los hombres, antes quería saber las intenciones... Se limitó a murmurar:
-Eres bonita..., espléndidamente bo...
-Pero imperfecta -le atajó ella-; fíjate: tres lunares, una cicatriz, un pecho distinto a otro, brillo en las rodillas, hasta un poco de vello en las piernas... ¿Y el ombligo? ¡Fíjate en el ombligo! Imperfecta como todas las primeras ediciones.
Por último, tras un rato de contemplación muda se vistió ella, y sólo cuando se calzaba los guantes se atrevió a decir:
-Cuando leas la segunda edición, corregida y aumentada, te acordarás de la primera. ¡Qué quieres! Los postizos y los pulidos son peores que las erratas al aire y las imperfecciones descubiertas... ¡Oh, lo perfecto!... Qué cansancio más triste el de lo perfecto...
-Pero yo te quiero -protestó él- te quiero sólo a ti; es preciso que me perdones, porque yo he comprendido tu razón y porque además ya no sabría vivir sin descifrar el jeroglífico de tu cicatriz y sin comparar la fórmula geométrica de tu pecho esfera con la fórmula geométrica de tu pecho cono; yo necesito saber la cantidad de frescura que encierran los oasis de tus lunares, yo aborrezco ya la desolación de desierto que tienen las segundas ediciones y amo ya desesperadamente la magnífica trufa de lo imperfecto... Yo te quiero a ti primera edición.
-AGOTADA.
Y salió ella en busca del buen bibliófilo
Segunda edición
Todos los días le esperaba ella junto a la primera acacia del paseo. Aquella tan estirada y reglamentaria, que era como el sargento en la formación de las acacias.
Este día bajo un cielo apelotonado de nubes que daba, como nunca, la sensación de que el firmamento estaba sin terminar, como si las nubes fuesen materia para hacer cosas olvidadas, algo así como los sobrantes de la confección del mundo. Pastelina para nuevos paisajes y nuevas estructuras.
Desde hacía tiempo venía él retrasando la hora de la cita: las doce en punto, y las disculpas culminaron hoy en su sabor de disculpas con esta afirmación:
-Me molestan las doce en punto porque es la hora de una sola saeta, es una hora de eclipse, hora mutilada de reloj manco.
Pero ella sabía bien que la verdad era otra porque en los primeros tiempos del noviazgo le había dicho:
-En mi reloj, las doce en punto eres tú. ¿Quién se fija en las saetas cuando la hora es otra cosa?
El destino estaba, pues, amenazado de vuelco, aunque ella cada día reforzaba los flejes y el acolchado del carrito-cuna en que podría simbolizarse su amor... Pero hoy había llegado al límite de la tolerancia y quiso saber la verdad; por eso, ante la última acacia del paseo, la más sincera de la formación por menos vigilada, exigió:
-Hoy no nos separamos sin que me expliques tu conducta... Si te has cansado de mí, ¿por qué me soportas y continúas ligándote a mi presencia?... ¿Te pido yo, acaso, que me des amor, si ya estás desinflado de ese amor?
-No, no estoy desinflado de ese amor -protestó él-; te quiero como el primer día, ¿entiendes?... Pero...
Había surgido el pero, esa conjunción inevitable en los engarces de la conversación, la más peligrosa de todas porque obliga a la continuación, el pero, que es el tope que necesariamente agarra el otro tope de lo no dicho.
-Pero ¿qué?... Eso es lo que me interesa, eso es lo que te exijo.
-Pero... nada.
-¡Nada!..., ¡nada!... Todo puede ser nada menos el pero. ¡Habla!, ahora tienes que hablar porque te has delatado.
Fue inútil la resistencia. Él se debatía en retirada, procuraba atrincherarse en nuevas explicaciones de disculpa, buscó palabras iniciales para otra conversación, pero allí estaba el pero lanzado como un anzuelo que le había cogido y del cual no podía desprenderse como nadie puede escamotear la confesión cuando se ha lanzado la primera palabra que compromete. Hizo un último esfuerzo:
-Pero estoy preocupado por mis negocios.
-Eso es mentira, es mentira. No encajan esas ideas; tu pero correspondía a otra cosa; ¿no ves que en el collar de tus palabras están trastocadas esas cuentas?... ¿Cómo quieres que te crea cuando pones junto al grano de mayor trascendencia el grano más pequeño de lo insignificante?
Ahora él se sintió disparado hacia la verdad, una verdad recalentada en su pecho, que desbordaba en crueldades y que saltaba sobre todas las falsas disculpas explicando el pero fatídico hasta lo último:
-Pero quiero más a tu hermana... Estoy enamorado del mismo amor, pero con aumento... Tú me curaste la ceguera de "sin cariño" dejándome en miope, pero tu hermana son las gafas bien graduadas que necesito... ¿Me entiendes?
- No.
-Tu hermana es la segunda edición, corregida y aumentada; tu hermana eres tú misma, pero ha conseguido con mayor perfección el tipo de mujer que buscaba mi instinto... Tu hermana tiene tus mismos ojos, pero con dos reflejos y tres pestañas más; su pelo es un punto más negro que el tuyo; sus senos son más conos, su pie calza un número menos, su... ¿Me comprendes ahora?... ¿Crees tú que el lector puede comprar el libro de la primera edición cuando ya ha salido el de la segunda corregido y aumentado?... ¡Qué culpa tengo yo de todo esto!
-Está bien, quedas en libertad -suspiró ella, y después, con más brío-: nunca me han interesado los lectores de segunda edición .... falsos lectores que necesitan el placer en bloque..., los rezagados que buscan lo que otros desfloraron antes..., los que nunca descubren nada.
Después del arrebato él intentó justificarse:
-Perdóname, me has obligado a decir más de lo que siento; quisiera explicarte estas cosas en otra ocasión con más serenidad. Yo soy la primera víctima de esta anormalidad..., confío en que todo será un mal pensamiento pasajero... Tú ya sabes que yo soy lector de primera edición; ¿acaso necesito yo de alguien para leerte a ti?
-¡A mí!... Tú no me has leído nunca a mí; ¿es que en un libro todo es portada?
-Es verdad, no te he leído; pero te pedí el derecho de leerte.
-Y me leerás, aunque no quieras, porque ahora tengo yo empeño en que sepas.
-¿Cuándo?
-Hoy mismo... Espérame esta tarde en tu casa.
-Es una locura.
- ¡Y qué, si lo quiero yo así!
Lo quiso y fue verdad. Se presentó en casa de él en esa hora en que ya empiezan a estar en sazón las bombillas eléctricas, cuando él ya creía inútil la espera, cuando ya las inevitables flores testigo se habían hartado de agua.
Lo primero que hizo ella fue encender todas las luces de la sala, hasta las del segundo piso de la lámpara central, esas bombillas que sólo se encienden en las visitas de cumplido y que suelen romper sus filamentos en un suicidio por venganza. Él la contemplaba atónito, esperaba sus palabras, porque en el diálogo imaginado había comenzado por su respuesta a un: "Aquí me tienes..."
Después la vio desnudarse poco a poco sin un temblor en el desabrochamiento de los botones más rebeldes, sin errar ni uno solo de esos magníficos piojillos que cierran los sostenes por la espalda, sin una petición ni un sonrojo. ¿Qué significaba aquello?... Al fin dijo ella, completamente desnuda bajo la lámpara central, como si recibiese una ducha de luz que empaparía la alfombra.
- ¡Ahora puedes leer!
Pero él no se atrevía a tomar el libro; continuaba atónito contemplándola... Como todos los hombres, antes quería saber las intenciones... Se limitó a murmurar:
-Eres bonita..., espléndidamente bo...
-Pero imperfecta -le atajó ella-; fíjate: tres lunares, una cicatriz, un pecho distinto a otro, brillo en las rodillas, hasta un poco de vello en las piernas... ¿Y el ombligo? ¡Fíjate en el ombligo! Imperfecta como todas las primeras ediciones.
Por último, tras un rato de contemplación muda se vistió ella, y sólo cuando se calzaba los guantes se atrevió a decir:
-Cuando leas la segunda edición, corregida y aumentada, te acordarás de la primera. ¡Qué quieres! Los postizos y los pulidos son peores que las erratas al aire y las imperfecciones descubiertas... ¡Oh, lo perfecto!... Qué cansancio más triste el de lo perfecto...
-Pero yo te quiero -protestó él- te quiero sólo a ti; es preciso que me perdones, porque yo he comprendido tu razón y porque además ya no sabría vivir sin descifrar el jeroglífico de tu cicatriz y sin comparar la fórmula geométrica de tu pecho esfera con la fórmula geométrica de tu pecho cono; yo necesito saber la cantidad de frescura que encierran los oasis de tus lunares, yo aborrezco ya la desolación de desierto que tienen las segundas ediciones y amo ya desesperadamente la magnífica trufa de lo imperfecto... Yo te quiero a ti primera edición.
-AGOTADA.
Y salió ella en busca del buen bibliófilo
Hasta hoy he tenido un poco de calma para sentarme a leerte,y me encuentro con este cuento...
ResponderBorrarla verdad..me ha encantado!!!