Fast Food


Llegamos al lugar a la hora de la comida. En una mesa apartada, sola se encontraba la chica turquesa. Fue la primera y la última vez que la vimos. Nunca supimos su nombre. Solo sabíamos que tenía el rostro perfecto, los ojos seductores, la boca exquisita, los oscuros cabellos rizados y la piel blanca y lisa. Era, en suma, perfecta.

Se movía con una gracia sutil, y parecía estar ausente, como si su cuerpo se encontrara en el área de comida rápida, pero su mente se hallara a miles de kilómetros en la distancia y el tiempo.

Yo me senté frente a ella, y casi no pude comer pues atraía mi mirada como un poderoso e irresistible imán. Por más que trataba de evitar clavarle la mirada, mis esfuerzos eran inútiles. Lo mismo sucedía con mis amigos en la mesa: todos estábamos presos de su belleza, cautivados por su hermosura y su grácil figura. Comimos en silencio. Nadie se atrevió a hacer comentarios ni a distraer a los demás.

Después de lo que pareció una eternidad, se levantó, y con un andar rítmico y ligero, tiro los desperdicios de su charola en el bote de basura y colocó su charola en el gabinete. En una fracción de segundo su mirada se cruzó con la mia. El tiempo se congeló y me sonrió discretamente, casi de manera casual. Yo estaba tan sorprendido que no pude devolverle la sonrisa, y luego de un instante, giró y salió caminando, o mejor dicho flotando para perderse en la bruma de mis recuerdos.

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