Buena pesca
Compramos nuestro equipo de pesca hace algunos años, durante un viaje de vacaciones a que hicimos en familia, para el cual manejé desde la Cd. de México hasta San Antonio, Texas. Recuerdo ese y muchos otros viajes que hemos hecho con profunda emoción y gran cariño.
Unos días antes de la fecha acordada, revisé y puse a punto nuestro equipo de pesca, que no había sido usado en largo tiempo. Llegado el día y armados con nuestros aparejos, nos lanzamos a un club de pesca que se llama Arcoiris por ser esa la variedad de truchas que se cultivan ahí. Se encuentra en el estado de Puebla, a unos cuantos kilómetros de una población llamada Río Frío. El club es un bonito lugar con un pequeño lago artificial que cubre una superficie de unos 5,000m2, en donde se siembran truchas para que los pescadores de fin de semana vayamos a hacer la faena.
En cuanto llegamos y comenzamos a rodear el lago, corrí a auxiliar a un pescador adolescente que había pescado una trucha de regular tamaño y no sabía que hacer con ella. Así que tomé mi red y la capturé para que pudiera retirarle el anzuelo y colocarla en un recipiente adecuado. Recibimos un ruidoso agradecimiento de su enorme familia. Una dama incluso le dijo al muchacho: "Mira, tu no sabías que hacer y que bueno que llegaron estos profesionistas". Supongo que quiso decir "estos profesionales", pero en realidad no lo somos, solo llevábamos algo más de equipo que ellos.
Pasamos a la tienda del club a comprar hueva de salmón para usarla como carnada, y luego escogimos para pescar un punto al otro lado del lago, lejos de la familia ruidosa que cada vez que un pez picaba (y vaya que si pescaron abundantemente) gritaban, pedían que les sacaran fotos y hacían una alharaca impresionante que se escuchaba en todo el lago. Desde luego que eso no desanimaba a las truchas y estas seguían picando alegremente generando con su glotonería más griterío. Es interesante ver como las familias que van a pescar son mucho más ruidosas que los pescadores en pareja, por no decir los solitarios, que en silencio fulminaban con miradas de reproche desde el otro lado del lago a los ruidosos. Si me preguntan, yo prefiero el silencio y la comunicación ocasional a bajo volumen. Nada de gritos y esas cosas.
Mi hijo y yo preparamos en silencio nuestro equipo y comenzamos a pescar. Nos tomó más de una hora sacar el primer pez. Después comenzó una racha de suerte que hizo que otros pescadores se acercaran a preguntarnos que carnada estábamos usando.
También se nos acercó una familia -padres, niños, tal vez un primo y la omnipresente abuela-que se quedaron como espectadores dándonos apoyo emocional cada vez que un pez picaba, y los niños nos lo daban aunque los peces no lo hicieran. A mi la verdad ya me tenían jodido, pero no me atreví a decirles que se largaran principalmente porque estaba seguro que no lo harían. En una de esas una trucha mordió el anzuelo de mi hijo, quien llamó a uno de los niños que nos veían con admiración y le cedió la caña. El muchacho -llamado Sergio- aceptó gustoso y su familia celebró alegremente. Por supuesto que no faltó la foto del recuerdo y el griterío de agradecimiento de la madre y abuela de Sergio.
Seguimos pescando, platicando ocasionalmente entre largos momentos de silencio. Al final volvimos a casa con trece truchas que pescaban casi cinco kilogramos en total. Nada mal.
Todo lo anterior viene a colación porque es precisamente de la plática ocasional y los momentos de silencio de lo que quiero hablar. No soy un hombre que se pase horas charlando con sus hijos. No es mi naturaleza ni me gusta la palabrería sin sentido que resulta de hablar por hablar, de articular palabras solo por decir algo. No me malinterpreten, no es que no hable con mis hijos, es solo que me cuesta trabajo hacerlo cotidianamente. Tampoco quiero decir que todo el que habla solo parlotea. Solamente digo que con mis hijos no se me da de forma natural. En cambio, mi hijo es más platicador y con su madre y su hermana -que es aún más platicadora- puede pasar largas horas en amena charla.
Pero mi hijo y yo hemos desarrollado un gran entendimiento para decir cosas profundas en silencio o con pocas palabras. Por ejemplo, yo sé que cuando él me dijo "que bueno que vinimos a pescar, ya hacía falta" en realidad me decía que me ama, que me extrañaba y que me extrañaría estos doce meses que no nos veremos. Y él supo, cuando yo le respondí "si, que bueno que vinimos", que le decía que lo amo profundamente, que lo extraño enormemente y me siento muy orgulloso de él. Que sé que el tiempo que estamos juntos es cada vez menos, pero que el cariño que nos tenemos es más y más grande. También dijimos otras cosas profundas, sinceras y del corazón en los momentos en que callábamos y nos volteamos a ver y sonreímos.
Hoy fue un día de maravillosos silencios cargados de significado que guardaré por siempre en mi corazón. Excelente pesca.
Me ha encantado este relato, llegando al párrafo final puedes compartir la emoción de esos momentos de frases breves que significan más de lo que dicen sus palabras.
ResponderBorrarSometimes: Que bueno que pude transmitir mi emoción. Gracias por tu amable comentario.
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