Tres fiestas y brindis decembrinos Tres
Dado que estamos aproximándonos a la mitad del maratón Guadalupe-Reyes, la frecuencia e intensidad de los festejos aumenta vertiginosamente. Hoy viví en una sola jornada la contrastante experiencia de tres diferentes celebraciones decembrinas. En una de ellas participé activamente y en dos más fui mero invitado, o digamos espectador.La primera fue un desayuno buffet - léase autoservicio- de una firma de unos 150 empleados organizado por la empresa con un propósito claro: crear sentimiento de grupo y pertenencia, a la vez que fomentar un ambiente de cambio y mejorar el clima laboral.
Se realizó en un amplio y cómodo salón de un hotel en el sur de la ciudad. En esta reunión se apreciaba un programa y una estructura definidos con antelación. Tratándose de un desayuno, no hubo alcohol salvo para un pequeño brindis al final, y para decepción popular tampoco hubo baile. El clímax del evento fue un video corporativo que mostraba principalmente a los empleados expresando lo que los ejecutivos deseaban oír. A más de uno se le aflojaron las lagrimitas... Esta reunión incluyó palabras de los directivos y entrega de reconocimientos, así como rifas y una caótica entrega de regalos.
Este fue un evento tempranero al final del cual muchos de los asistentes tuvieron que ir a trabajar. Si bien como dije antes, fue una celebración estructurada, los mexicanos siempre nos las arreglamos para dejar espacios al caos y la improvisación. Principalmente porque nunca falta un irresponsable al que "no le funcionó el despertador", y para variar, es el que está organizando todo. A eso le sumamos un "maistro" de ceremonias cantinflesco que por más que se esforzó no pudo encender los ánimos de los participantes, quizás porque es difícil hacer vibrar a una concurrencia a eso de las ocho de la mañana. Pese a todo, el propósito fue al parecer, cumplido: los empleados salieron complacidos y los directivos igual. Todos felices y contentos.
El segundo evento fue una comida de una empresa mucho más pequeña -digamos unos quince empleados- que combinó a la familia del dueño, a sus empleados y asesores, y a mi, que en realidad no tenía vela en el entierro más que una entrañable amistad con el dueño de la empresa. Este evento se realizó en un rústico restaurante-cantina en el cual se metieron a muchas más personas de lo que la prudencia y la capacidad del local aconsejaban. Aquí se trató de una comida de tres tiempos servida fría por diligentes meseros. Me tocó en una esquina de la mesa que se encontraba separada escasos veinte centímetros de una mampara, espacio por el cual debían pasar corpulentos meseros. Cada vez que pasaban me tenía que mover para evitar el consabido "arrimón de camarón", maniobra que hacía que el codo del compañero sentado a mi derecha se encajara graciosamente entre mis costillas. Pero todo sea por una jovial celebración, en la cual no hubo discursos ni estructura del evento organizada previamente. Fue, digamos, fresca e improvisada para todos, excepto para el dueño de la empresa, quien quería que todo estuviera perfecto y por ratos se le veía estresado. Esta empresa aparenta ser un grupo compacto y alineado, lo cual no me extrañaría dado su reducido número de integrantes.
Tal vez la diferencia principal entre este evento y el de la mañana estribó en a) que en este el alcohol fluyó libre y generosamente y; b) en los mariachis que amenizaron - y amenazaron- el evento.
Es interesante ver como cambian los ánimos según se incrementa el consumo de alcohol, sobre todo cuando los empleados son jóvenes programadores y diseñadores con gustos, apariencia y expresiones exóticas. Me quedé de ojo cuadrado de ver que algunos de los más pandrosos individuos que había visto en juntas de negocios, se bañaron y "arreglaron" para el evento. Lo más rescatable, aparte de mi amigo y su esposa, fue una guapa becaria francesita de plática amena y esporádica, cuyo nombre nunca supe. En realidad no pude quedarme al final porque hube de ir al tercer y último evento del día, para lo cual apliqué mi famosísimo acto de prestidigitación conocido como "ora me ves, ora no me ves" y desaparecí sin dejar más rastro que un SMS enviado a mi amigo agradeciendo la invitación.
El tercer evento se trató de una comida-baile de una empresa de mil doscientos empleados, en un gran salón del sur de la ciudad. Cuando llegué, la comida ya había sido servida y consumida, y el baile se encontraba en su apogeo. En un grupo de este tamaño, resulta virtualmente imposible que se conozcan todos sus integrantes; y se notaba que era un evento desagregado, formado por pequeños clanes independientes unos de los otros.
No se veía un programa estructurado ni un propósito corporativo diferente al de la diversión colectiva, y si ese fue en realidad el propósito de los organizadores fue cumplido enteramente.
Este fue el evento donde la gente fue vestida más "elegantemente" pues si bien es cierto que era en un salón, muchos de los asistentes -principalmente mujeres - iban vestidas como para una boda o evento de noche. Overdressed, para que me entiendan. Ver esto y concluir que para muchas era el evento más elegante al que asistieron este año fue fácil.
Aquí fue evidente que para los empleados, lo más relevante fue el baile y el libre flujo de bebidas espirituosas. Asistí a a este evento solamente un rato, y volví a aplicar mi mágica desaparición porque -lo digo sin afán de presunción- varias asistentes manifestaban su interés en bailar conmigo, y dado que mis habilidades dancísticas son en el mejor de los casos, escasas, no quise hacer el ridículo.
Luego de asistir a tan variadas experiencias celebratorias en el mismo día, reflexiono acerca de las diferentes formas y pretextos que encontramos en las empresas para juntarnos y convivir, dándonos un respiro en las cotidianas actividades. Entiendo que la forma y propósito de tales celebraciones son sin duda, reflejo de los gustos y personalidad de sus directivos, más que de los organizadores. También pienso que mezclar empleados y alcohol ad libitum no es una buena idea. El alcohol tiende a exaltar los ánimos y alegrar el ambiente, pero igualmente saca lo peor de la gente en los momentos más inoportunos. Y no es que piense que el alcohol te hace de tal o cual manera, sino más bien que si eres de tal o cual manera, el alcohol lo sacará a flote. Tampoco creo que deba, necesariamente, existir un propósito y un programa definido: se vale juntarse y celebrar por celebrar. Igual me parece que no se puede crear un ambiente laboral sano ni un espíritu de equipo solamente con una reunión festiva al año, ni con un bonito video. Lograr un clima empresarial adecuado implica un trabajo y esfuerzos constantes que involucran a todos los niveles de las organizaciones. Por otra parte me di cuenta que aquellas celebraciones que incluyen baile son sumamente concurridas. A todos les gusta bailar, hombres y mujeres. Y el baile es tal vez la forma más antigua de celebración colectiva y creación de espíritu de grupo: finalmente ¿que es lo que puede diferenciar a un cavernícola bailando alrededor de una fogata a un ejecutivo que igual baila en una pista de un lujoso salón?
Hoy entendí que no obstante lo fugaz y relajada que pueda parecer una festividad, siempre implica un esfuerzo de un equipo organizador y el consecuente estrés que les genera: algunos se preocupan para que otros disfruten. Y también sé que reunirse para celebrar no es barato. Pero es bueno, y lo bueno vale la pena. Con esto termino mi sesuda reflexión. ¡Celebremos!
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